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CUANDO EL AMOR ES PARA SIEMPRE O LAS INVOCACIONES

Publicado el Miércoles, 23 Noviembre 2011 Escrito por Arturo Castelán

Como una suerte de invocación, el protagonista del nuevo filme del prolífico cineasta gay Gus Van Sant “Cuando el amor es para siempre” (un imbécil re-bautizo de título a su original Restless), un joven emo-chic llamado Enoch, dibuja con un gis en el piso la silueta de su cuerpo como si hubiera sido encontrado muerto, además de pasearse por agencias funerarias donde ya lo tienen fichado.

Cortazarianamente, andando sin buscarla pero sabiendo que anda para encontrarla, Enoch (Henry Hopper, el nieto de Dennis “Easy Rider” Hopper heredando su sex-appeal de angustia por escapar), halla el resnaisiano “Amor a la Muerte” en la figura de Annabel (Mia Wasikowska, mitad la nuca godardiana de Jean Seberg, mitad el look y la fragilidad de Mia Farrow) como si fuera la Annabel Lee de Poe y “La Muerte Enamorada” de Teófilo Gautier/ Ernesto Cortázar, una chica presta para experimentar el amor y el sexo con ésta chico, contagiar su amor por la ornitología, filmar su propio deceso, hacerse amiga del Careonte fantasma oriental amigo de Enoch y llenar así de recuerdos, melancolía y romance el futuro del joven.

Van Sant logra trasladar –de nuevo en su modo minimalista- a través de invocaciones, su delicada metáfora sobre el pajarillo que cada noche ve venir el final de su vida y que al despertar con la luz del día siguiente, feliz emite el canto más hermoso, sorprendido de seguir vivo. Lo hace a través del ojo mágico e intimista de Harris Savides con una cámara ligerísima y material de grano reventadísimo, que acaricia a sus protagonistas y su vestuario iconizable a través de flirts y contrastes extremos. Lo hace a través de una forma narrativa que privilegia a los personajes para construirlos a través de fragmentos de un romanticismo delicado y fantasmagórico que lucha contra la alienación y el vacío, homenajeando igual al “Ugetsu” de Mizoguchi que a la neurosis de los hijos de Frank Perry, “David y Lisa” o la pareja en confusa revuelta sentimental interior de “El graduado” de Mike Nichols. Lo hace a través de las resonancias que invoca de sus propios filmes como en esos romances pequeños pero malditos de “Mala Noche”, “Mi camino de sueños” y sus acercamientos hacia su tema sobre la fascinación de la muerte como en “Milk” o “Todo por un sueño”, a través de querubines perdidos en un más allá instalado inesperadamente en el más acá como en “Elefante” o “Gerry”. Un triunfo más en la carrera de uno de los cineastas más congruentes de Estados Unidos.

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