VIH, CINE Y DIVERSIDAD SEXUAL 2011

Publicado el Jueves, 01 Diciembre 2011

Creo que la palabra clave para hablar sobre el VIH, el cine y la diversidad sexual en este fin del 2011 es la de “bareback”. Los filmes porno con actores que realizan actos sexuales sin condón se están volviendo cada vez más comunes y han dejado de causar el escándalo que suscitaban todavía hace un par de años.

Estos filmes provienen de una industria –hollywoodense, la más importante- que actuó rápidamente ante la aparición del VIH ordenando que en todos sus filmes los intérpretes usaran condón en los coitos, lo que –definitivamente- provocó una forma de educación sexual efectiva a través de la erotización del látex. También es una industria que más de un par de veces detuvo las actividades de filmación ante la alerta roja de un actor seropositivo, pero que, del lado de las películas pornos hetero, jamás les exigió uso de condones a sus intérpretes. Y que en este momento actúan de manera cada vez más laxa –incluyendo en la naciente industria porno mexicana.

Me parece que ésta industria es un espejo más o menos fiel de las conductas y las fantasías sexuales –y sociales- de su momento. Por ejemplo, en la línea “bareback” de la industria hay dos vertientes idénticas a lo que sucede en nuestra comunidad: los que realizan “bareback” con base a la noción edadista de que los jóvenes y los vírgenes no tienen razones para contagiarse pues no se han mezclado con viejos proclives a la infección; y los que realizan “bareback” con la finalidad de inseminarse del virus generando comunidades de personas que morirán jóvenes sin sufrir el deterioro “horrorizante” de sus cuerpos.

Y así sucede en gran parte de nuestra sociedad, la fantasía y la industria se subyugan una a la otra comentando acerca de y haciendo partícipes a su audiencia –por ejemplo, el sexo oral empezó a convertirse en práctica corriente para las mujeres heterosexuales después del éxito de la película pornográfica “Garganta profunda” y actualmente, en los chats gay puede uno enterarse de que se empieza a conversar y buscarse la práctica de la doble penetración anal, cosa que no se buscaba hace unos cuantos años y que ahora es la moda en las películas porno.

Las imágenes no son culpables de estas prácticas: la pantalla de cine o video siempre ha sido un lienzo para las fantasías humanas y despliegan tanto los sueños como las realidades de sus creadores y sus entornos. Y el porno –primero que ninguna otra rama de la industria cinematográfica- ha respondido mostrando a través de sus imágenes, lo que puede ser leído como un cansancio ante la prevención, la aparición de nuevos medicamentos que ofrecen una sobre-vida inesperada y, claro, la humana y eterna erotización de los elementos tabú en nuestra sociedad.

Todo esto se comprueba y aterriza en México con el ejemplo de una realización reciente del director Julián Hernández llamada “Bramadero”, un cortometraje sobre un encuentro entre dos personajes –uno de ellos bailarín de La Cebra- que antes de morir de manera ritual, a partir de un guión oblicuo y hermético, tienen una relación de coito anal, explícita en imágenes.

Este cortometraje, el trabajo de Hernández más visto y solicitado en todos los festivales gay del mundo, ha recibido por lo general críticas positivas y hasta se han abierto funciones especiales para mostrarlo en festivales como el de Morelia. Pero una crítica ha tenido y es la de que si los personajes, son rudos, callejeros y el protagonista acaba por matar al otro entonces ¿para que usa condón al penetrarlo? Una audiencia se eleva ante la exigencia narrativa del “bareback” en un cortometraje de arte –alejado de la industria porno.

Fuera de las contemplaciones éticas que quizá el público debamos tener hacia los actores de las películas que vemos (y los trucos cinematográficos que se deberían utilizar para evadir cualquier daño), me parece que la audiencia ante este filme ha exigido lo que le ordena a los productores del porno: un retrato sincero de la sexualidad actual- caracteres falibles que pueden regarla y buscar ayuda al día siguiente, porque el sexo –con y sin sida- siempre ha sido inseguro.

Lo que nos acaba dejando con lo que no vemos. Para el guionista Jean Claude Carriere eso es el cine. Lo que no vemos. Para una sociedad que exige y se confunde en las múltiples realidades del Internet y las redes sociales, lo que no se ve no existe. Así, sin poesía. Y, paradójicamente, la ausencia de personajes seropositivos, del contagio, de la misma prevención, es lo único presente en el cine actual mexicano interesado sólo en la fórmula –ya sea la comercial o la contemplativa quesque artística-. En nuestro cine lo que no vemos es algún misterio que con nuestra experiencia acabamos por llenar con la idea de que “no existe, no es tan importante, no debe ser tan peligroso”.

¿Tendrán razón? ¿A quien preguntarle, si el cine no tiene las respuestas como sí lo tiene para otras cosas? ¿Dónde están las películas de nuestros muertos? Como dice el título de una película mexicana de Nicolás Pereda, que no trata sobre el sida “¿Dónde están sus historias?” ¿Mirar la realidad cruda del porno bareback (extranjero y nacional) es el único modo para conectarnos con la realidad erótica gay de nuestro país, de su temeridad o su indiferencia ante la realidad del sida? ¿Es ese registro visual -y alguno que otro cuento de hadas colado- el único que queremos mostrar como una comunidad? ¿Dónde están nuestras fantasías reales no condicionadas por lo comercial? ¿Nuestra capacidad de ironizar y criticar, en vez de copiar, las reglas caducas de las heterosexualidades disfuncionales? ¿Nuestro estilo de revertir los discursos y hacer sentir insultada a la sociedad que no quiere entendernos? ¿Dónde está la herencia que nos han dejado todos esos artistas homosexuales que han cambiado el rostro del mundo? Hoy es un día de reflexión y a partir de mañana, que sean días de creación. Las pantallas de plata están ahí, para reflejar nuestras vidas. No tengamos miedo de conocernos más alla de la sangre, los virus y la piel. Y siempre usemos condón.


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